Imagina un arrecife de coral en aguas de Indonesia. La luz del sol penetra las olas creando destellos azules y dorados. Entre las formaciones coralinas, cientos de peces tropicales nadan en sincronía, comunicándose mediante sonidos de baja frecuencia que los humanos no podemos escuchar. De repente, una nube tóxica invade el agua. Los peces entran en espasmos. Algunos mueren instantáneamente. Otros flotan aturdidos, incapaces de nadar, mientras manos humanas los capturan con redes.

Este es el método más común de captura de peces para acuarios: el envenenamiento con cianuro. Según datos de la industria, hasta el 90% de los peces de agua salada importados a Estados Unidos son capturados mediante este veneno ilegal, principalmente desde Indonesia, Sri Lanka, Filipinas y Hawái.

Las cifras son devastadoras. Se estima que más de mil millones de peces ornamentales —tanto de agua dulce como salada— procedentes de unas 5.400 especies son comercializados anualmente para la industria de acuarios. Esto sin contar invertebrados, crustáceos, roca viva, corales y plantas que también forman parte de este comercio. Estados Unidos es el principal importador mundial, seguido por la Unión Europea y Japón.

Según un estudio detallado del Dr. Andrew Rhyne y colegas que examinó facturas de importación, 10,5 millones de peces de más de 1.800 especies fueron importados a Estados Unidos en un solo año (2004-2005). Para 2014, más de 10 millones de peces tropicales fueron importados al país, y 1,3 millones exportados, con aproximadamente el 83% de estos animales capturados en estado salvaje y forzosamente removidos del océano. Estas cifras ni siquiera incluyen los peces criados y comercializados domésticamente dentro de Estados Unidos.

El 95% de los peces marinos vendidos en tiendas especializadas provienen directamente del océano, arrancados de arrecifes de coral alrededor de Fiji, Indonesia, Filipinas y otras islas del Pacífico. Para los peces de agua dulce, aproximadamente el 90% son criados en granjas industriales. Los peces dorados, por ejemplo, se reproducen en gigantescas tinas en instalaciones que producen hasta 250 millones de individuos al año.

La captura con cianuro no solo mata al pez objetivo. Los expertos marinos estiman que la mitad de los peces afectados mueren directamente en el arrecife, y el 40% de los que sobreviven al envenenamiento inicial mueren antes de llegar a un acuario. Pero el veneno no discrimina: mata peces no objetivo, destruye los corales y elimina la capacidad del arrecife de proporcionar refugio y alimento a la vida marina. Aunque la industria ha establecido directrices para eliminar estas prácticas, reportes indican que estos venenos continúan siendo ampliamente utilizados.

Algunos pescadores van más allá: físicamente destruyen las formaciones coralinas para capturar a los peces que se refugian en ellas. Al destruir el coral, eliminan el hogar, la protección y la fuente de alimento de innumerables animales marinos, condenando ecosistemas enteros.

La evidencia científica: peces como seres sintientes y conscientes

Durante décadas, los peces han sido tratados como decoraciones vivas, organismos simples sin capacidad para sentir o pensar. La ciencia contemporánea ha demolido completamente esta creencia, revelando que los peces poseen capacidades cognitivas y sensoriales comparables a las de mamíferos y aves.

Victoria Braithwaite y otros biólogos especializados en peces han producido en los últimos 15 años evidencia sustancial de que los peces experimentan dolor consciente, igual que mamíferos y aves. En su investigación, Braithwaite señala que cada vez más científicos aceptan que los peces sí sienten dolor, aunque probablemente sea de una forma diferente a la humana, pero que sigue constituyendo un tipo genuino de dolor.

El Dr. Culum Brown, de la Universidad Macquarie de Australia, concluyó en un artículo de 2015 publicado en Animal Cognition que la percepción y las habilidades cognitivas de los peces a menudo igualan o superan a las de otros vertebrados. Brown sostiene que la extensa evidencia de sofisticación conductual y cognitiva de los peces, junto con su capacidad de percepción del dolor, sugiere que deberían recibir el mismo nivel de protección que cualquier otro vertebrado.

Investigaciones científicas han demostrado que los peces poseen memoria compleja, pueden reconocerse a sí mismos en reflejos de espejo y reconocen a personas específicas que los visitan regularmente. Son capaces de comunicarse entre ellos mediante una gama de sonidos de baja frecuencia, desarrollan estructuras sociales complejas y pueden transmitir tradiciones culturales dentro de sus grupos. Científicos de la Universidad de Oxford descubrieron que algunos peces pueden aprender más rápido que perros, desafiando las concepciones tradicionales sobre la inteligencia animal.

Los peces son seres sintientes: tienen la capacidad demostrada de sentir miedo, dolor, angustia, sufrimiento y placer. Poseen necesidades emocionales y deseos, habilidades cognitivas complejas y conciencia. Forman familias y cardúmenes comunitarios donde encuentran seguridad y bienestar social. Son organismos conscientes con percepciones sensoriales sofisticadas responsables de reflejos, impulsos y comportamientos complejos.

Esta realidad científica contrasta dramáticamente con la vida que se les impone en cautiverio. En el océano, los peces tropicales que viven en arrecifes de coral normalmente alcanzan entre 40 y 50 años de vida natural, aunque muchos viven entre 10 y 30 años. Sin embargo, la inmensa mayoría de los peces capturados de arrecifes de coral por la industria de acuarios mueren dentro de un día, una semana o pocos meses después de la captura. Más del 99% de todos los peces ornamentales extraídos del océano mueren dentro de un año de su captura, en lugar de vivir sus 10 a 30 años naturales.

El viaje mortal: del océano a la pecera

Si un pez sobrevive al cianuro, a la destrucción de su hogar y a la captura inicial, comienza un viaje que para la mayoría será su sentencia de muerte. Dependiendo del origen del animal, muchos peces capturados en estado salvaje pasan días o semanas en tránsito antes de llegar a la tienda local. Las tasas de mortalidad por estrés, lesiones, enfermedades o maltrato pueden superar el 80%, según datos de múltiples estudios sobre la industria.

Los peces mueren en múltiples etapas del proceso: durante la manipulación inicial tras la captura, por los efectos del cianuro tóxico de sodio usado para aturdirlos, por los explosivos utilizados en algunos métodos de captura, por el shock del transporte, por permanecer fuera del agua del océano demasiado tiempo donde no pueden respirar, por el procedimiento de perforar su vejiga natatoria para eliminar el aire de su interior (necesario para el transporte aéreo), por ser colocados en contenedores refrigerados para el tránsito, por ser transportados largas distancias, por inanición, y por permanecer en agua contaminada con excrementos y sin oxigenación adecuada.

Finalmente, si llegan vivos a la pecera, enfrentan un nuevo conjunto de amenazas mortales: temperatura del agua incorrecta, calidad del agua inadecuada, alimento inapropiado para su especie, cantidad incorrecta de comida, frecuencia inadecuada de alimentación, espacio insuficiente para nadar y expresar comportamientos naturales, condiciones inadecuadas del acuario para sus necesidades específicas y, frecuentemente, negligencia por parte de tutores sin conocimientos adecuados. Básicamente, cada intervención humana desde el momento de la captura es traumática para estos animales y contribuye directamente a su mortalidad prematura.

Para los peces de agua dulce criados en granjas, la situación presenta sus propios problemas de bienestar. Los peces dorados destinados a peceras son típicamente reproducidos en tinas gigantes en instalaciones que operan como verdaderas fábricas de animales, produciendo millones de individuos al año bajo condiciones de hacinamiento. Estos peces son luego vendidos a compradores que frecuentemente carecen de experiencia o conocimiento sobre las necesidades básicas de estos animales.

La ciudad italiana de Monza prohibió mantener peces dorados en peceras redondas, reconociendo que estas recipientes inadecuados proporcionan a los animales una visión distorsionada de la realidad y no permiten el espacio mínimo necesario para su bienestar. Incluso los acuarios de tamaño completo para hogares u oficinas no pueden replicar la diversidad de hábitats, condiciones ambientales, interacciones sociales complejas y estímulos que se encuentran en el océano, dentro de arrecifes de coral y en ambientes naturales de agua dulce.

No solo no se satisfacen sus necesidades físicas básicas —como temperatura adecuada del agua, calidad apropiada del agua, composición química correcta, tipo y calidad adecuada de alimento, tamaño suficiente de espacio para nadar, y enriquecimiento ambiental apropiado— sino que tampoco se satisfacen sus necesidades psicológicas fundamentales como seres sintientes y sociales.

Las consecuencias ecológicas: destrucción más allá del sufrimiento individual

El impacto del comercio de peces ornamentales trasciende el sufrimiento de los individuos capturados y se extiende a ecosistemas enteros. Para especies capturadas en estado salvaje que experimentan alta demanda comercial, las consecuencias biológicas y ecológicas pueden ser devastadoras, resultando en agotamiento localizado de poblaciones y, en casos extremos, extinción de especies. Los peces endémicos de áreas geográficas particulares y aquellos con características de historia de vida que los hacen lentos para recuperar poblaciones —como maduración sexual tardía, baja tasa reproductiva o requerimientos de hábitat muy específicos— están particularmente en riesgo.

Los estudios científicos creíbles a largo plazo que evalúan el impacto del comercio de peces ornamentales sobre la mayoría de las especies de agua dulce y marina en el comercio son escasos. Esta falta de datos hace extremadamente difícil analizar completamente el impacto biológico y ecológico real del comercio, particularmente cuando se considera en conjunto con otras amenazas naturales y antropogénicas que enfrentan estas especies y sus hábitats, como el cambio climático, la contaminación, la acidificación oceánica y la destrucción de hábitats.

Incluso obtener datos comerciales globales precisos y específicos por especies es prácticamente imposible. Aunque las Naciones Unidas recopilan datos sobre comercio internacional de vida silvestre, en el caso de peces ornamentales todas las especies se combinan en categorías generales y el comercio se reporta en kilogramos de peso, no en número de individuos, lo que dificulta enormemente el monitoreo científico y la evaluación de sostenibilidad.

El uso de cianuro para captura no solo afecta directamente a los peces objetivo y a otras especies marinas, sino que causa daño severo y duradero a los arrecifes de coral. El cianuro mata corales o daña su capacidad de proporcionar refugio y alimento a la vida marina. Esta destrucción de hábitat tiene efectos en cascada sobre todo el ecosistema del arrecife, afectando a cientos de especies que dependen de estas estructuras coralinas para sobrevivir, reproducirse y alimentarse.

Adicionalmente, algunos pescadores físicamente destruyen formaciones coralinas para acceder a peces que se refugian en cavidades y grietas del coral. Esta destrucción mecánica del arrecife elimina hábitats que tardaron décadas o siglos en formarse y que sirven como hogar, protección y fuente de alimento para innumerables organismos marinos.

Para aquellos peces que logran sobrevivir en acuarios pero son posteriormente liberados —intencional o accidentalmente— en ambientes naturales, surgen problemas adicionales. En muchos casos, estas especies pueden establecerse como invasoras y afectar adversamente los ecosistemas locales al competir con especies nativas por recursos, interrumpir dinámicas depredador-presa establecidas, transmitir enfermedades a poblaciones silvestres y alterar el equilibrio ecológico de formas impredecibles.

Un análisis científico de Whittington y Chong sobre el potencial de transmisión de enfermedades asociado al comercio de peces ornamentales en Australia reveló la presencia de múltiples patógenos en peces importados que habían sido sometidos a cuarentena, así como la detección de especies de peces no nativos y sus enfermedades asociadas ya establecidas en ecosistemas acuáticos silvestres australianos. Los mismos impactos han sido documentados científicamente en otros países, incluido Estados Unidos, que no cuenta con un proceso de cuarentena obligatorio conocido para peces ornamentales importados.

El caso del pez león (Pterois spp.) ilustra dramáticamente este problema. Individuos importados como peces ornamentales han sido liberados en aguas del Atlántico por tutores de acuarios domésticos durante los últimos 25 años. Estos peces, nativos del Indo-Pacífico, se han convertido en una enorme amenaza ecológica para las aguas costeras del Atlántico en Estados Unidos y el Caribe, donde depredan vorazmente sobre especies nativas, compiten por recursos y carecen de depredadores naturales que controlen sus poblaciones.

La vulnerabilidad de las especies de agua dulce

Aunque las especies de agua dulce tienden a ser más fáciles de mantener en cautiverio, generalmente presentan tasas de mortalidad algo más bajas que las especies marinas y, dado que la mayoría son criadas en cautiverio en lugar de capturadas del medio silvestre, no representan el mismo nivel de amenaza directa para las poblaciones silvestres, las implicaciones de conservación de su comercio no son benignas.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) emitió un informe en 2003 señalando que un gran número de especies de peces de agua dulce continúan siendo recolectadas directamente del medio silvestre, particularmente en Brasil, Colombia, Indonesia, Perú y varios países de África Oriental. Para estas especies, la sobreexplotación comercial puede resultar en agotamientos poblacionales localizados y extinciones, la mortalidad durante el proceso de captura-a-acuario puede ser considerablemente alta, y también pueden convertirse en especies invasoras problemáticas si son liberadas en ecosistemas donde no son nativas.

Además, aunque sean criadas en cautiverio, estos animales continúan siendo seres sintientes que experimentan sufrimiento cuando sus necesidades no son adecuadamente satisfechas en los acuarios donde son mantenidos.

La ausencia casi total de protección legal

A pesar de constituir una industria masiva que mueve miles de millones de dólares anualmente y afecta a más de mil millones de animales individuales cada año, existen virtualmente cero protecciones legales específicas otorgadas a los peces ornamentales. Muy pocas especies utilizadas en acuarios están protegidas bajo la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES), el principal tratado internacional que regula el comercio de vida silvestre.

Sin restricciones internacionales vinculantes sobre el comercio, el destino de miles de especies de peces está controlado únicamente por leyes nacionales que, en la mayoría de países exportadores e importadores, son completamente inadecuadas o directamente inexistentes para este grupo de animales.

La disparidad en protección legal es notable cuando se compara con otros animales. En Estados Unidos, la Ley de Bienestar Animal (Animal Welfare Act) ofrece protecciones mínimas a la mayoría de animales de sangre caliente utilizados en investigación, vendidos como alimento o comercializados como animales de compañía, pero excluye explícitamente a peces, anfibios y reptiles de cualquier protección. Esta exclusión legal persiste a pesar de que el número absoluto de peces criados en granjas y capturados del medio silvestre supera ampliamente los números correspondientes de mamíferos, aves y reptiles comercializados.

La magnitud del problema es difícil de comprender. Los humanos matan aproximadamente 2,7 billones de peces cada año para diversos usos, incluyendo alimentación y comercio ornamental. Para poner esta cifra en perspectiva: anualmente, alrededor de 70 mil millones de animales terrestres son sacrificados para alimentación en todo el mundo. En comparación, se estima que entre 10 y 100 mil millones de peces criados en granjas son matados en todo el mundo cada año, y aproximadamente otro billón a tres billones de peces son capturados en estado salvaje.

El número de peces matados cada año supera el número total de seres humanos que han existido a lo largo de toda la historia de la humanidad. Y la evidencia científica demuestra que son animales sintientes capaces de experimentar sufrimiento.

El hecho de que los peces vivan en el océano, donde no podemos verlos fácilmente, y que sus muertes ocurran lejos de la vista pública, no debería justificar la ausencia de protección legal, regulación de bienestar animal y reconocimiento de su estatus como seres sintientes. Cuando se considera la escala absoluta del número de peces completamente conscientes y sintientes que están siendo deliberadamente capturados y comercializados, además de las formas dolorosas y prolongadas en que muchos mueren, el sufrimiento experimentado por estos animales representa uno de los problemas de bienestar animal más grandes y menos atendidos en el mundo contemporáneo.

Pequeñas prisiones: la inadecuación inherente de los acuarios

Minoristas especializados en acuarios y grandes cadenas de tiendas de animales de compañía, como PETCO, comercializan y venden equipos de acuario que son fundamentalmente inadecuados para las necesidades de los peces. Continúan vendiéndose peceras que contienen no más de medio galón de agua —un volumen completamente insuficiente para proporcionar un hogar adecuado incluso a las especies de peces ornamentales más pequeñas.

Bed Bath and Beyond, una de las muchas tiendas que comercializan diminutas peceras cúbicas de aproximadamente 15 centímetros que contienen solo medio galón de agua, las promociona destacando que "ocupan muy poco espacio y lucen geniales en mostradores, escritorios, podios o incluso montadas en una pared" y que su "diseño elegante se integra muy bien en una variedad de entornos domésticos u oficinas y es una forma simple de introducir un elemento calmante en el ambiente cotidiano".

Este marketing se centra exclusivamente en los deseos estéticos y de conveniencia de los humanos, ignorando completamente las necesidades biológicas, psicológicas y de bienestar de los animales que serán confinados en estos espacios inadecuados. Los peces son tratados como objetos decorativos, no como seres sintientes con necesidades complejas.

Incluso un acuario de tamaño completo considerablemente más grande no puede replicar la diversidad de hábitats, condiciones ambientales, variabilidad en corrientes de agua, disponibilidad de refugios naturales, oportunidades de forrajeo, interacciones sociales complejas con múltiples especies y la vastedad espacial que se encuentran en ambientes acuáticos naturales. Estas instalaciones domésticas fallan sistemáticamente en satisfacer tanto las necesidades físicas como psicológicas de sus habitantes.

Según reportan diversas publicaciones especializadas en acuarismo, la mayoría de acuarios domésticos están sobrepoblados con demasiados individuos para el volumen de agua disponible, los animales viven frecuentemente en agua de mala calidad debido a mantenimiento inadecuado, resultando en estrés crónico, enfermedades, sufrimiento prolongado y muerte prematura.

Los entusiastas de acuarios con mayor experiencia reconocen que las "peceras diminutas" y acuarios muy pequeños son paradójicamente más difíciles de mantener adecuadamente que sistemas más grandes. Los volúmenes pequeños de agua experimentan fluctuaciones más rápidas y extremas en temperatura, pH, niveles de amoníaco, nitritos, nitratos y oxígeno disuelto. Estos cambios rápidos son altamente estresantes para los peces y contribuyen directamente a las tasas excepcionalmente altas de mortalidad para animales relegados a vivir sus breves vidas en solo unos pocos vasos de agua.

El marketing dirigido específicamente a jóvenes o arrendatarios de apartamentos pequeños enfatiza cómo las peceras diminutas requieren poco espacio en una mesa o mostrador, presentándolas como soluciones convenientes para espacios reducidos. Sin embargo, estas peceras son completamente inadecuadas para satisfacer las necesidades mínimas de cualquier pez, constituyendo un caso claro de priorizar la conveniencia humana sobre el bienestar animal.

Manipulación genética y cosificación extrema

Algunos criadores comerciales de peces han llegado incluso a inyectar tinte fluorescente directamente en los cuerpos de los peces vivos o a manipular su composición genética para crear colores artificiales más llamativos, con el único objetivo de hacerlos más atractivos visualmente para potenciales compradores. Estos procedimientos invasivos causan sufrimiento adicional a los animales y reflejan una cosificación extrema de seres sintientes tratados únicamente como productos de consumo.

Las tiendas de animales de compañía, grandes almacenes de descuento, floristerías e incluso catálogos en línea comercializan peces betta "decorativos" (también conocidos como peces luchadores de Siam, Betta splendens) en recipientes absurdamente pequeños: tazas diminutas que contienen apenas unas pocas onzas de agua, o jarrones de flores presentados como "decoración acuática viviente". Estos recipientes no proporcionan espacio suficiente para que el animal pueda siquiera darse la vuelta completamente, mucho menos nadar de forma natural o expresar comportamientos normales de su especie.

Los peces betta requieren, como mínimo absoluto, 5 galones (aproximadamente 19 litros) de agua para nadar con un mínimo de comodidad, y al menos 10 galones (38 litros) para realmente prosperar y expresar su repertorio completo de comportamientos naturales. Los machos de esta especie no pueden ser alojados junto con otros machos debido a su territorialidad, y todos los individuos requieren temperatura del agua entre 75 y 80 grados Fahrenheit (24-27 grados Celsius), filtración adecuada y enriquecimiento ambiental.

Estas realidades biológicas contrastan dramáticamente con la forma en que son comercializados y mantenidos. La brecha entre las necesidades reales de los animales y las condiciones en que son típicamente mantenidos representa un problema sistemático de bienestar animal.

El ciclo perpetuo: demanda, muerte y reemplazo

El modelo de negocio de la industria de peces ornamentales se basa fundamentalmente en un ciclo de constante reemplazo. Dado que la mayoría de los peces en cautiverio viven vidas dramáticamente cortas —frecuentemente muriendo en semanas, meses o dentro del primer año en lugar de alcanzar sus esperanzas de vida naturales de una a cinco décadas— y son percibidos como fácilmente reemplazables con nuevo "stock", se crea una demanda constante y renovada que perpetúa el ciclo de captura o producción, adquisición, muerte prematura y reemplazo.

Este sistema económico depende estructuralmente de altas tasas de mortalidad. Si los peces ornamentales vivieran sus esperanzas de vida naturales en cautiverio, la demanda de nuevos individuos se reduciría drásticamente. La industria, por tanto, no tiene incentivos económicos reales para mejorar sustancialmente las condiciones de los animales o educar adecuadamente a los compradores sobre las complejidades del cuidado apropiado.

Tristemente, cada individuo en este ciclo es un ser sintiente que experimenta el trauma de la captura, el estrés del transporte, el shock del confinamiento en un ambiente radicalmente diferente a su hábitat natural, y frecuentemente sufrimiento por condiciones inadecuadas antes de una muerte prematura. La naturaleza sistémica y masiva de este sufrimiento —afectando a más de mil millones de individuos anualmente— representa un problema ético de enormes proporciones que ha recibido relativamente poca atención pública o académica comparado con otras formas de uso de animales.

Paralelos con otros animales en cautiverio

En años recientes, el documental Blackfish ha impulsado significativamente el esfuerzo global cuestionando la ética de mantener orcas en cautiverio para entretenimiento. La película ha desafiado exitosamente a millones de personas a reconocer la crueldad inherente de confinar animales grandes, altamente inteligentes, socialmente complejos y sintientes en tanques que, aunque puedan parecer grandes para estándares humanos, son minúsculos comparados con los vastos océanos que estos animales recorrerían naturalmente.

Aunque los peces ornamentales individuales no viajan las mismas distancias que las orcas salvajes —que pueden recorrer más de 100 kilómetros diarios— la evidencia científica demuestra que son igualmente sintientes, mostrando capacidades cognitivas, sociales y emocionales mucho más sofisticadas de las que tradicionalmente se les atribuía. Y prácticamente ningún pez pasa su vida entera en el medio silvestre confinado al volumen de agua contenido en una pecera doméstica estándar.

Como expresa el personaje de Gil en la película animada Buscando a Nemo —una narrativa sobre un pez payaso que lucha desesperadamente por escapar de un acuario y encontrar el camino de regreso a su padre en el océano— la realidad fundamental es clara: "Los peces no están hechos para estar en una caja, chico. Eso te hace cosas". Aunque es una película de animación dirigida a audiencias infantiles, esta frase captura una verdad científica y ética fundamental sobre la incompatibilidad entre la naturaleza de los peces y el confinamiento en acuarios.

La necesidad de un cambio de perspectiva

La pregunta fundamental que surge de toda esta evidencia científica y análisis ético es: ¿tienen los peces derecho a sus propias vidas? ¿A vivir en los océanos, ríos y lagos donde nacieron y donde pertenecen evolutivamente? ¿A permanecer con sus grupos sociales y familias?

No podemos preguntarles directamente qué prefieren, pero la evidencia científica sobre su sintiencia, sus capacidades cognitivas, sus necesidades psicológicas complejas y su sufrimiento en cautiverio proporciona una respuesta clara. La biología del comportamiento, la neurociencia y la ecología han demostrado que estos animales tienen vidas mentales ricas, experimentan el mundo de formas complejas y sufren cuando se les priva de sus ambientes naturales y se les confina en espacios inadecuados.

La pregunta ética central es si los humanos tienen justificación moral para capturar millones de estos seres sintientes del océano —causando que el 99% muera dentro de un año de ser capturados— principalmente para satisfacer preferencias estéticas humanas y proporcionar decoración ambiental. El análisis de costos y beneficios, cuando se considera seriamente el sufrimiento de los individuos afectados, resulta profundamente desequilibrado.

Cada uno de los más de mil millones de peces comercializados anualmente es un individuo con la capacidad de experimentar su propia existencia, sentir dolor y sufrimiento, y tener interés en continuar viviendo. La escala masiva de esta industria significa que el sufrimiento agregado representa uno de los problemas de bienestar animal más grandes del mundo, aunque permanece relativamente invisible para la mayoría de las personas.

La evidencia científica sobre la sintiencia de los peces, combinada con los datos sobre las tasas masivas de mortalidad en todas las etapas del comercio, el daño ecológico causado a los arrecifes de coral y otros ecosistemas acuáticos, y la ausencia casi total de protecciones legales, señala claramente la necesidad urgente de una reconsideración fundamental de esta industria y las prácticas que la sostienen.